| Carlos de Haes en la Exposiciones Nacionales de Bellas Artes |
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| Escrito por Silvia Pérez Pérez | |
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La pintura del siglo XIX español, por lo general, suele ser tratada como un arte de segunda fila, al margen del gran imaginario visual que compone la pintura del siglo posterior en nuestro país. Parece pensarse desde algunos sectores, que desde la muerte de Goya hasta el creciente éxito de Sorolla, apenas existió pintura en nuestro país, pero no es cierto. Verdad es que tras la Guerra de la Independencia y el mal trato del monarca restaurado, Fernando VI, hacia las artes, el panorama artístico español se encontraba en un momento delicado, pero siguió, y seguiría más adelante, existiendo grandes pintores en España. No corresponde a este espacio tratar de todos ellos, pero sí explicar que los hubo y que aún quedan huellas de muchos de aquellos artistas.
A mediados del siglo mencionado, la presencia del arte en nuestro país se materializó en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, de origen oficial y académico. En ellas se presentaban, como si de un escaparate se tratase, las composiciones que se estaban llevando a cabo dentro de nuestras fronteras. Sin abandonar la importancia general de la pintura, surgió también por aquellas fechas un pintor que, no habiendo nacido en España, fue decisivo en el devenir de las formas plásticas que habrían de darse aquí en los años venideros; el valor de sus logros se ve acrecentado por el género que practicaba, el paisaje, casi virgen en su país de adopción. Carlos de Haes llegó a Málaga procedente de un país con una larga tradición paisajística, Bélgica, y se encontró con un ambiente poco proclive a este tipo de cuadros. Sin embargo, pronto empezó a conquistar el favor de la crítica, y el público se volcó con el belga que además consiguió escalar la cota más alta de la docencia académica, ocupando un sillón que llevó el nombre del tan apreciado como malogrado Villaamil. Estos años que transcurren desde el nacimiento de las Nacionales, 1856, hasta la certificación del triunfo de Haes en España (en 1862 consiguió su tercera medalla de primera clase en esta competición), resultaron claves en lo que a los avances en materia de paisaje se refiere, pues el país pasaba de una marchita herencia paisajística neoclásica, repudiada por los expertos, con la excepción de Villaamil, a unas formas más cercanas al realismo y al naturalismo que otras naciones europeas mucho más avanzadas, llevaban tiempo practicando. Son estos años los que ocupan esta investigación y, aparte de la labor del artista, son las críticas que aparecieron publicadas en su momento las que, de un modo objetivo, contienen la información necesaria para conocer el valor exacto y el impacto que pudieron tener las obras de Haes, convirtiéndose en fuentes directas y contemporáneas, como documentos que nos ayudan a reconstruir una parte de la historia del arte poco tratada a menudo por los estudiosos. Es así como se explicará a lo largo de este estudio el origen del paisaje del siglo XIX en España y su evolución, resaltando la figura de Carlos de Haes dentro del ámbito de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, tema central de la investigación, como un elemento transmisor de ideas y conceptos artísticos modernos, aunque no revolucionarios, y se verá también cómo los medios fueron haciéndose eco de sus avances y cómo le reprocharon su estancamiento en esas formas que le habían reportado una gran reputación. Los artículos que sobre él se escribieron hay que entenderlos como un documento histórico difícilmente extrapolable de su contexto, por lo que aunque ahora puedan parecer poco acertados algunos análisis que se hicieron estrictamente contemporáneos a las obras del artista, sí nos aportan una visión objetiva de cómo se percibió la obra de Carlos de Haes en la España en la que vivió y trabajó. CARLOS DE HAES: APUNTES SOBRE SU VIDA Y SU ARTE. Uno de los paisajistas más notables que nos ha brindado el siglo XIX español fue Carlos de Haes. La dimensión que alcanzó su figura artística y, por extensión, el género que cultivaba, el paisaje, tuvieron grandes repercusiones en el panorama artístico del momento, pues sus aportaciones llegaron a calar muy hondo en cuanto a la materia del paisaje se refiere. Carlos Sebastián Pedro Humberto de Haes nació en Bruselas el 25 de enero de 1826. Era hijo de un banquero y comerciante de origen holandés que se vio obligado a trasladarse a Málaga debido a la quiebra de sus negocios. Fue precisamente en esta ciudad, dónde el joven Carlos de Haes comenzó a instruirse en el arte del dibujo y la pintura de la mano de su primer maestro, el canario don Luis de la Cruz y Ríos, miniaturista y subestimado retratista de corte. Sus primeras lecciones de dibujo fueron decisivas en su formación, ya que constituyeron la base clasicista y académica sobre la que el belga construiría su técnica concisa y minuciosa que le caracterizó a lo largo de su carrera.
En 1850 regresó a Bruselas y continuó sus estudios artísticos con el paisajista Joseph Quinaux. Durante su estancia en la capital belga estuvo al tanto de las nuevas tendencias paisajísticas descubriendo la pintura al aire libre y contactando con las escuelas de Namur, Tervueren, Termonde e, incluso, Barbizon. Además, se involucró en el ambiente artístico de la ciudad llegando a participar, en 1854, en la Exposición General de Bruselas con las obras Recuerdos de las Ardenas con el sol de la mañana, Recuerdos de las Ardenas con el sol del atardecer, Salto de agua y Paisaje. A fines de 1855 Carlos de Haes volvió a España para entrar en la órbita de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Desde Málaga envió tres obras para participar en la primera edición de las Exposiciones Nacionales celebrada en el Convento de la Trinidad en 1856. Se trataba de los cuadros, Paisaje: el cerro Coronado por la tarde, Vista tomada en los brezales de Hasselt (Bélgica) y Vista tomada en el bosque de Beaufort (Prusia), por los que le otorgaron una medalla de tercera clase consiguiendo el reconocimiento de la crítica y el público. Ese mismo año conoció a Federico Muntadas con quién entabló amistad. El erudito catalán había heredado de su padre el Monasterio de Piedra, en Aragón, lo que le llevó a iniciar una labor difusora de las bellezas naturales y pintorescas de este entorno. Muntadas invitó a Haes a pasar una temporada en el Monasterio de Piedra; allí el artista estuvo trabajando todo un verano atraído por el encanto y la grandiosidad de los parajes. Recorrió la zona tomando numerosos apuntes del natural y realizando cuadros de grandes panorámicas y perspectivas lejanas que expuso en el otoño de 1856 en Madrid. Este lugar constituyó un punto de referencia para el pintor pues a él acudió con bastante frecuencia en busca de asombrosas vistas y paisajes. Empezó entonces un imparable periplo excursionista por diversos puntos de la geografía española, aprovechando sus vacaciones estivales y, muchas veces, acompañado de sus discípulos, para efectuar estudios y someros bocetos del escenario natural que, con posterioridad, remataría en su estudio madrileño. Ello le llevó a viajar por la Sierra del Guadarrama, los Picos de Europa y por tierras manchegas, castellanas, vascas y navarras. En 1857 se convocó una plaza de profesor en la Cátedra de Paisaje de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se presentó y consiguió por oposición dicho puesto que, hasta el momento de su muerte, había ocupado Fernando Ferrant, sucesor de Genaro Pérez Villaamil. Este triunfo y el descubrimiento del Monasterio de Piedra le llevaron a establecerse definitivamente en Madrid en 1858, año en el que se le concedió una primera medalla en la correspondiente Exposición Nacional, por su cuadro Vista tomada en las cercanías del Monasterio de Piedra (Aragón). Dos años más tarde, en 1860, se le propuso como Académico de Número de San Fernando. En su discurso, De la pintura de paisaje antigua y moderna, trató de las vicisitudes del paisaje así como su estudio y desarrollo instando a los cultivadores de este género a que imitasen a la naturaleza. En esa misma fecha fue medalla de primera clase en la Exposición Nacional con Un país. Recuerdos de Andalucía, costa del Mediterráneo, junto a Torremolinos, galardón que volvió a conseguir dos años después, en la misma competición, con la obra Paisaje. Vista en el Lozoya (Paular). Ese año de 1862, fue profesor de dibujo de la Escuela de Ingenieros de Caminos y recibió la Encomienda de la Orden de Carlos III y la Gran Cruz de Isabel La Católica.
Carlos de Haes con otros pintores españoles de su tiempo. En torno a 1858. Paralelamente a su labor docente en la Escuela de San Fernando y su participación, en numerosas ocasiones, en las Exposiciones Nacionales, también concurrió con sus obras a otros certámenes. Así, fue medalla de oro en Exposición Nacional de Metz y en la Nacional de Bayona en 1864. Ese mismo premio le fue otorgado en la Exposición Universal de París en 1878. En noviembre de 1875 contrajo matrimonio en Madrid con Inés Carrasco Montero. Pero poco antes de que se cumpliera un año de su enlace, su esposa y su hija recién nacida fallecieron en el parto, rompiéndose para el artista cualquier aspiración personal y afectiva lo que le llevó a refugiarse en su profesión como pintor. A la práctica del paisaje y del dibujo por parte de Haes hay que sumarle su actividad como grabador. De hecho, publicó grabados como colaborador en El Arte en España revista de arte creada en Madrid por Gregorio Cruzada Villaamil. Hacia los años 70’ comenzaba lo que se puede denominar la segunda etapa en la pintura de Haes pues, dejaba a un lado los tonos terrosos propios de sus inicios, para pasar a aclarar su paleta y conferirle una mayor brillantez a sus composiciones en las que primaban las marinas y las rocas. Se inclinó por los paisajes del norte de España para ejecutar dicho género pero también, Francia y Holanda, en especial, las costas de Normandía y Bretaña, fueron objeto de sus últimos cuadros influenciados por la huella de la escuela de Barbizón. A partir de 1887 la enfermedad le fue alejando de la práctica de la pintura. Carlos de Haes falleció el 17 de junio de 1898, dejando tras de sí un legado pictórico y una labor renovadora del paisaje que fue continuada por sus discípulos más destacados, los cuales le simularon con respecto a sus salidas al campo y su fiel imitación de la naturaleza. Entre ellos se encontraban artistas tan ilustres como Aureliano de Beruete, Agustín Lhardy, Juan Espina, Jaime Morera, José Jiménez Fernández y Agustín Riancho. Tras su muerte, en 1899, se celebró una gran exposición antológica con su obra en Madrid. Sus discípulos se esforzaron por perpetuar su memoria y enseñanzas por ello, donaron gran parte de su producción artística al Museo de Arte Moderno, dónde se inauguró, en 1900, la Sala Haes. Por desgracia, años después, su obra se dispersó en varios museos provinciales. CARLOS DE HAES EN LAS EXPOSICONES NACIONALES DE BELLAS ARTES DEL SIGLO XIX. Desde su creación en 1856, las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes constituyeron un amplio escaparate de la vida artística y cultural española. Su nacimiento, vinculado al surgimiento de los principios democráticos de libertad e igualdad, fue propiciado por el Estado que se convirtió en el patrocinador oficial de las actividades artísticas y de sus interesados. La inexistencia de la figura del marchante y una fiel clientela ayudaron a la consolidación, regularidad y profesionalización de estos certámenes a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Su finalidad era clara: dar a conocer al gran público el arte realizado en España durante ese momento y poner en comunicación al artista y su obra con los espectadores, además de toda una serie de adquisiciones públicas, por parte del Estado, que evidenciaban la falta de un potente mercado artístico. Hay que señalar que en estas exhibiciones se premiaban a los ejecutores de las mejores obras expuestas, traduciéndose estas recompensas en medallas de primera, segunda o tercera clase, que se alzaban como indicadores del mérito y reconocimiento conseguido. Sin embargo, hubo un momento en la historia de estas competiciones en el que las cuotas de poder fueron acaparadas por la saga de los Madrazo y la jerarquía de los géneros pictóricos, aspecto éste que se tratará en posteriores puntos. La presencia de Carlos de Haes en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, celebradas cada dos años, se registró en varias ediciones. En tres de ellas consiguió una medalla de primera clase siendo sus obras objetos de adquisición para el Estado. Con su participación en las Nacionales consiguió un renombre dentro de la pintura decimonónica española, pero también el reconocimiento de la crítica y el aplauso del público. PARTICIPACIÓN DEL ARTISTA EN LAS EXPOSICIONES NACIONALES DE BELLAS ARTES. Ese carácter bienal de las Nacionales, permitía a los artistas presentar sus avances en cada edición, y una visión conjunta de cada una de estas muestras ayudaría a analizar cuál fue la evolución de las artes en España la segunda mitad del siglo XIX. Carlos de Haes participó asiduamente en estos certámenes, de hecho fue uno de los pintores que más expuso, logrando el mayor galardón en diversas ocasiones. Finalmente, decidió ausentarse definitivamente debido a que la crítica ya no aceptaba sus composiciones que no se renovaban, sino que se habían quedado ancladas en una primera época de modernización del paisaje. A continuación, se van a enumerar las ediciones de estas exhibiciones correspondientes a la participación del belga, junto con las obras que presentó y un breve comentario de las más representativas. Por otra parte, se debe señalar, que parte de la bibliografía aporta el equivocado dato de que en 1864, Carlos de Haes, se ausentó de la Nacional debido a su colaboración como miembro del jurado, sin embargo, este hecho parece imposible a la luz del catálogo original de la muestra, pues no constaba allí el nombre de Haes como jurado, y sí el de los veinticinco miembros que reglamentariamente tenían que valorar las obras. En cambio, se encuentra que el maestro belga formó parte del jurado del concurso nacional de 1878, en el que, paradójicamente, también participaba como expositor. 1856 En 1856 se celebró la primera edición de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que tuvo lugar en el Convento de la Trinidad en la calle Atocha. Las obras presentadas por Haes se exhibieron en la segunda galería, próximas a las de los Madrazo, siendo éstas: El Cerro coronado por la tarde, Vista tomada en los brezales de Hasselt (Bélgica), Vista tomada en el bosque de Beaufort (Prusia). Por estos lienzos obtuvo una medalla de tercera clase; Beruete(1) recordaba así esta primera incursión del belga en el circuito expositivo nacional: “Desconocido, y sin relaciones ni apoyo, pasó lo de siempre: colocaron mal sus cuadros; pero el público, llevado de la mano por la crítica inteligente, que manifestó sus juicios en la prensa, hizo justicia el artista poniendo en el lugar que merecían sus obras, que de otra suerte hubieran pasado inadvertidas.” 1858 La exhibición correspondiente a este año se inauguró el 2 de octubre en el Ministerio de Fomento. El artista belga concurrió a ésta con los lienzos: Vista tomada en las cercanías del Monasterio de Piedra (Aragón), galardonada con la medalla de primera clase, Vista tomada desde el mismo monasterio, Un molino de Beaufort (Prusia), Lagunas junto a Hassel (Bélgica). De este modo, Carlos de Haes comenzó a gozar de una gran fama como paisajista gracias a la consecución del máximo galardón que puso de manifiesto su buen hacer en este género. Su Vista tomada en las cercanías del Monasterio de Piedra, mostraba la maestría técnica del artista resuelta a base de un dibujo riguroso y ricos empastes construidos con una paleta sobria de tierras y ocres, muy propia de su primera etapa y que evidenciaba la herencia recibida de la escuela paisajística centroeuropea. A pesar de ello, manifestó una variedad tonal en su grandiosa panorámica que remarcaba el carácter abrupto del entorno del Monasterio de Piedra, lugar al que el maestro acudió desde un primer momento con su amigo Muntadas, seducido por la singularidad del paisaje y el recinto amurallado del monasterio, presidido por la Torre del Homenaje.Carlos de Haes.
Vista tomada en las cercanías del Monasterio de Piedra. (Aragón). 1858, óleo sobre lienzo, 112,5 x 161 cm. 1860 De nuevo, el Ministerio de Fomento fue el lugar que acogió la exposición de 1860 inaugurada el 1 de octubre. Para esta ocasión, Haes participó con los siguientes trabajos: Un país. Un recuerdo de Andalucía, costa del Mediterráneo, junto a Torremolinos. Otro país (Bélgica). Vista en la Real Casa de Campo. Saint-Laurent-du-Pont, frontera de Saboya. Efecto de niebla. La primera de estas obras brindó al artista su segunda medalla de primera clase. El lienzo mostraba mostraba una amplia perspectiva desde la ladera de un monte desde la que se divisaba una bahía salpicada por barcos. La nota humanizante la ponían dos figuras de campesinos dispuestas sobre un camino pedregoso y, al fondo, un camino por el que transitaban unas vacas proporcionaba una dimensión bucólica muy distante a la veracidad y realismo predominante en sus obras posteriores. Como se verá a continuación, la crítica no fue unánime con la decisión del jurado ya que unos se esforzaban por recalcar la reiteración técnica en las composiciones del belga. No obstante, figuras como Bernardino de Pantorba recordaban así al maestro extranjero: “El paisaje inicia sus firmes pasos. Destaquemos cómo en esta Exposición vuelve a premiarse con primera medalla a don Carlos de Haes, profesor de ese género en nuestra Escuela Superior de Bellas Artes desde el año 1857, y, antes que profesor, feliz orientador de nuestros primeros paisajistas del siglo XIX.(2)” La obra fue adquirida por el Estado, con Real Orden de 20 de diciembre de 1860, en 20000 reales, cifra ésta muy inferior en comparación con las obtenidas por los cuadros de historia.
Carlos de Haes. Un país. Recuerdos de Andalucía, costa del Mediterráneo, junto a Torremolinos. 1860, óleo sobre lienzo, 114 x 165 cm. 1862 La Exposición Nacional de 1862 tuvo lugar en la Casa de la Moneda, y su apertura se hizo efectiva el 10 de octubre. El belga figuró con seis obras en la sección de pintura, Paisaje. Vista en Piedra (Aragón). Paisaje. Vista en el Lozoya (Paular). Paisaje. Vista en el Guadalhorce (Málaga). Paisaje. Vista en la Granja. Paisaje. Un barranco, recuerdo de Elche (Alicante). Paisaje. Un estudio.
Carlos de Haes. Un país. Recuerdos de Andalucía, costa del Mediterráneo, junto a Torremolinos. 1860, óleo sobre lienzo, 114 x 165 cm. Se le volvió a obsequiar con la medalla de primera clase con Paisaje en el Lozoya, comprado por el Estado en 16000 reales por Real Orden de 14 de enero de 1863. en la actualidad este cuadro se encuentra en paradero desconocido, sin embargo nos han quedado referencias fotográficas y minuciosas descripciones, como la hecha por Danvila en 1895, que da idea de la belleza de la obra: “… Representa el primero las Márgenes del río Lozoya en el valle del mismo nombre. El panorama no puede ser más sencillo, y, sin embargo, ha dado motivo al autor para un cuadro bellísimo que reproduce fielmente la fisonomía peculiar de las riberas de la tranquila corriente antes de que el Pontón de la Oliva la desvíe de su curso natural para encerrarla en estrecho canal, encaminándola hacia la corte de España, […] Si analizamos la composición del paisaje, nada hallaremos en él de extraordinario que pueda contribuir a valorarlo: un grupo de árboles, un terreno pedregoso en el que, al abrigo de un matorral, sestean media docena de cabras; un trozo muy pequeño del río, y por fondo escuetas montañas por detrás de las cuales viene la luz. Con elementos tan insignificantes un paisajista del antiguo sistema nada hubiese conseguido, pero Haes ha triunfado una vez más trasladando al lienzo la fisonomía propia de aquel rincón de la tierra madrileña con tal acierto, que todo el que ha discurrido una vez siquiera por la región del Lozoya recuerda perfectamente esos paisajes típicos en los que la vegetación se apiña cabe las riberas de los ríos, formando extraño contraste con la aridez de las regiones inmediatas.”(3) 1876 La Exposición Nacional de Bellas Artes de 1876 se inauguró el 8 de abril en el local que se había habilitado en el Ministerio de Fomento en su homónima de 1864. Haes envió tres obras: Canal de Mancorbo en los Picos de Europa. Costa de Leiqueito. Gargantas de la Hermida (Liébana). Debido al bajo nivel artístico que abundaba en aquella exhibición, el jurado decidió declarar desiertas las medallas de primera clase y las de honor. Nuestro artista no consiguió ningún tipo de galardón, ya que el reglamento impedía conceder una medalla de inferior categoría, a un artista que ya hubiese sido premiado con anterioridad. A pesar de todo, Bernardino de Pantorba le concedió estas palabras en 1948: “Dos de los paisajes más conocidos y celebrados en la producción de don Carlos de Haes fueron vistos en este Certamen: los titulados Canal de Mancorbo, en los Picos de Europa y Garganta de la Hermida, en Liébana; el primero de ambos pasó al Museo de Artes Moderno, de Madrid. Hoy es lugar común censurar la pintura de Haes, fundándonos en que no es “pintura luminosa”, pero olvidando la fecha en que el maestro trabajaba, cuando entre nosotros no había ni asomos de impresionismo en el paisaje, y cuando en París los impresionistas no estaban considerados sino como vulgares dementes. El Canal de Mancorbo, que tiene hoy más de un siglo, es un cuadro admirable, y si no hay en él grandes transparencias de color, tampoco abunda en las terrosidades de otras obras del ilustre paisajista.”(4) Por su parte, Rouget expresó su admiración hacia el belga a través de una crítica coetánea en la cual describía la obra y se lamentaba de las malas circunstancia en las que ésta se exhibía: “Delicado de color y de una gradación de tintas admirable, está dibujado además de mano maestra, y sin embargo, este cuadro no parece lo que es en la Exposición: esto se explica, porque para resistir la luz que allí hay, y para luchar con éxito contra las entonaciones diversas de los cuadros vecinos, es preciso que los tonos sean vigorosos y calientes, o, lo que es lo mismo, es preciso tratar un asunto muy distinto del que ha elegido el artista, porque aquellas montañas del norte envueltas casi constantemente en densa niebla y perdidos sus picos entre nubes, cuando por rara casualidad se levantan las nubes y se rasga la niebla, la influencia de estos dos elementos no desaparece de la atmósfera, y a una distancia de una legua ya no se percibe nada y los objetos más cercanos se ven al través de un prisma atmosférico tan empañado, que la perspectiva aérea resulta exageradísima. Pues bien: esos tonos azulados y de verde apenas perceptible en el último término, están muy lejos de poderse sostener en las condiciones en las que se encuentra este cuadro: por lo demás, la gradación de tintas es de una exactitud matemática, el dibujo segurísimo, y la ejecución revela una ciencia consumada.”(5)
Carlos de Haes. Canal de Mancorbo en los Picos de Europa. 1876, óleo sobre lienzo, 168 x 123 cm. 1878 Una vez más el Ministerio de Fomento fue la sede de la Exposixión Nacional de este año, que abrió sus puertas al público el 27 de enero. Cercanías de Vriesland en los Países Bajos, fue la única producción presentada por Haes. Con el mismo cuadro el pintor había conseguido la medalla de oro en la Exposición Universal de París en fecha similar. La obra mostraba una peculiar captación ambiental propia de la última producción de Haes, pues en el paisaje se observaba un nuboso cambio atmosférico muy propio de Holanda y también del norte de Francia. En opinión de Beruete, “Cercanía de Vreeland, que fue premiado en París en la Exposición Universal de 1878, y que es, a mi juicio, la más completa expresión del talento de este paisajista. En dicho cuadro, de vigoroso efecto, de colorido jugoso y de una factura envuelta y magistral, trabajó Haes cual en ninguno de sus cuadros, y no contento con el éxito obtenido en París, volvió a retocarlo y a corregirlo, logrando con este trabajo, hecho en diferentes épocas, un empaste que no tienen otras obras suyas.”(6) Esta creación ambientada en un paraje holandés, fue adquirida por el estado en 1884, por 3.500 pesetas, pasando al Museo Nacional de Pintura y Escultura y, finalmente, en 1943 fue depositada en el Congreso de los Diputados.
Carlos de Haes. Cercanías de Vriesland en los Países Bajos. 1878-1884, óleo sobre lienzo, 109 x 199 cm. 1884 Su última participación en los concursos nacionales tuvo lugar en 1884. el acontecimiento se celebró, como venía siendo habitual, en el Ministerio de Fomento. Expuso dos obras, Paisaje y Marina. La primera de ellas, era Cercanías de Vriesland, que ya había presentado en la Nacional de 1878, aunque en esta edición muy retocada y con el indiferente título de Paisaje, comprada por el estado en este año. La segunda, ha sido difícil de localizar, pero corresponde a la época en la que Haes tomó como asunto principal de sus obras los paisajes de Bretaña y Normandía, en especial, la extensa playa de Villerville. Le interesó captar la atmósfera y la luz brumosa en estas marinas en las que frecuentemente, incluía motivos que las humanizaban, como el detalle de barcos encallados o varados en la arena. ACOGIDA DE LA CRÍTICA. Unida a la creación de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, como fruto de la desaparición de los estamentos tradicionales como mecenas, y gracias también al auge de la burguesía como sustituta de éstos, nació la crítica de arte como fiel reflejo de la importancia e interés que despertaron estas exhibiciones en la España del siglo XIX. Muchas fueron las reseñas publicadas en la prensa y las revistas especializadas de la época a propósito de este tipo de certámenes, con un especial interés a la sección de pintura, entre cuyos artistas destacó, desde un primer momento, Carlos de Haes. Del maestro hispano-belga se escribieron numerosos artículos, la mayor parte de los cuales dejaban entrever un análisis favorable del pintor y su obra. Debido a su gran valor documental, y a la profusa aparición de éstos entre la prensa de la época, se han reunido algunas de estas crónicas que dan idea de la dimensión que alcanzaron sus trabajos artísticos junto al género que él cultivaba. Una de las publicaciones que se ha analizado con mayor profundidad es el periódico La Iberia, ya que contiene un gran número de artículos sobre Carlos de Haes, la mayoría de los cuales, firmados por Manuel Murguía, uno de los críticos más conocidos e influyentes de la época. Es así como el 30 de mayo de 1856 aparecía en la sección de variedades de este diario, un primer artículo dedicado a la pionera Exposición Nacional de Bellas Artes. En él, el crítico antes mencionado afirmaba que: “Todos cuantos han visitado estos días las galerías del Ministerio de Fomento, han admirado los magníficos paisajes del señor Haes, pintor que, nacido en Bélgica, vive sin embargo en Málaga y es el único que honra como debe la actual exposición […] los países del señor Haes son sin disputa alguna lo mejor que se ha presentado en la actual exposición, y por lo mismo es el primero entre los paisistas. Tres son los cuadros que ha presentado; pero aquel que el autor titula El cerro coronado por la tarde, es el que cautiva más la atención del público inteligente. ¡Qué verdad! ¡Qué tintas! ¡Y qué modo de pintar! Preciso es confesarlo: desde que Villaamil cerró sus ojos para siempre, no hemos visto un paisaje que pueda competir con el del señor Haes.”(7) Por tanto, se aprecia claramente que ya desde la primera Nacional el belga fue considerado como el mayor paisajista del momento, recogiendo el testigo de Villaamil, y gozando del favor de una crítica entregada. Siguiendo con la Nacional de 1856, aparecieron otros textos procedentes de diferentes medios escritos, en los que se nombraba a Carlos de Haes. Uno de ellos, era el diario La Época, dónde un crítico anónimo bajo el seudónimo del Dómine Lucas, realizaba una comparación entre dos grandes “paisistas”, Fernando Ferrant y Carlos de Haes. “Nosotros preferiríamos vivir en los del Sr. Haes, cuyos aires, aunque en más limitados horizontes, sospechamos que habían de sernos más provechosos. Los árboles del primero [Ferrant] son más grandes; pero habían de darnos más sombra los del segundo, y por último, la luz y el ambiente de éstos, aunque más tibia y más apagada, nos darían más alegría que la de aquellos […] Es tanto la verdad de la naturaleza que pinta el Sr. Haes, son tan dulces los celajes de sus cuadros, y tiene tal movimiento el ambiente que vaga entre los árboles, dibujados con tan inteligente precisión y tanta gracia en el colorido, que el cuadro produce una ilusión completa.”(8) En fechas similares, Pedro Antonio de Alarcón, en La Discusión, comparaba también las pinturas de Ferrant y Haes, apreciando, con mayor agrado, las del segundo. “Carlos de Haes, belga, tiene algunos paisajes excelentes, entre ellos El Cerro coronado por la tarde, uno de los más bonitos lienzos que adornan aquellas galerías. ¡Qué verdad! ¡Qué encanto! ¡Qué pureza!”(9) Es así pues, como en este primer año de celebración de las Exposiciones de Bellas Artes, la mayor parte de los críticos coincidían en ensalzar la realidad con que estaba captada la naturaleza en los paisajes del artista belga. En 1858, el propio Murguía, en La Iberia, dedicaba unas palabras muy similares a las que él mismo escribiera dos años antes, sobre el gran pintor, alineándolo tras la estela de Villaamil y resaltando la verdad de sus paisajes, lo cual venía a enfatizar el realismo en la pintura de paisaje, rompiendo con la tradición romántica anterior. Asimismo, lanzaba una sutil diatriba al artista, proponiéndole que abandonase ese modo de “hermosear” la naturaleza y de pintar todos sus cuadros en el mismo tono. Es de recibo señalar aquí que, Carlos de Haes recibía la medalla de primera clase, triunfo éste que vino a coronar su brillante y joven carrera, dado que había accedido al puesto de profesor de paisaje de la Escuela Superior de Bellas Artes. El crítico continuaba sus reflexiones, avisando a Haes de que su camino no era el más apropiado: “El señor Haes no adelantó nada en estos dos últimos años; y aunque se nos tache de exagerados y descontextualizados, puesto que nos separamos del juicio general que se ha formado de estos paisajes, creemos de nuestro deber, y el tiempo dirá si tenemos razón, advertir al señor Haes, que en el camino que ha emprendido no se adelanta nunca, se atrasa.”(10) El Museo Universal, fue una de las revistas que se hizo eco de esta exhibición, dedicándole varios escritos en sucesivos números. El firmante de estos artículos, B. P., se unía a la crítica generalizada elevando la figura del pintor y la calidad de sus paisajes. “Pinta Haes con suma gracia, sus cuadros cautivan la atención de todos cuantos visitan el salón del ministerio de Fomento; hay en ellos, vida, animación, calor; sus cielos transparentes, sus aguas fielmente reproducidas del natural, sus efectos de luz tocados con habilidad, sus terrenos, pastosos, bien entonados, el conjunto agradable, nos demuestra que su autor es un gran paisista.”(11) Del mismo modo, se ponía del lado de los expertos que consideraban que su pintura era fielmente realista, y no le parecía preocupar ese “hermoseamiento” del que hablaban otros autores: “Pretenden algunos que este artista pone demasiado cuidado en hermosear la naturaleza, y por lo mismo que el natural en sus cuadros, está falseado; pero ¿qué querrá decir eso, más que un artista no siempre es completamente feliz en el desempeño de sus obras? Hijas del hombre, están como él sujetas al error, y sólo así se concibe, que paisistas como el señor Martí Alsina pequen en el defecto contrario del que censuran en el señor Haes, casualmente por querer copiar del natural, con toda la verdad posible.”(12) En 1860, el belga obtuvo otro premio de primera clase, mediante el cual recibió una nueva ovación por parte de la crítica de La Iberia. En esta ocasión, el texto lo firmaba José Palet y Villava, y una vez más ensalzó la labor artística del maestro hispano-belga, y parecía oponerse a la crítica que le había dedicado Murguía en la edición anterior. “¡Qué hemos de decir en estos renglones que no hayan sentido y expresado de palabra todos los que hayan tenido ocasión de contemplar estos lienzos! […] Algunos espíritus descontentadizos critican en los cuadros del señor Haes esa uniformidad de entonación que se observa tienen entre sí, echando de menos que este artista no busque otros efectos de la naturaleza; y aún hemos oído decir, que si bien los cuadros de este pintor tienen un mérito incontestable, visto uno están vistos todos.”(13) Sin embargo R. de Mendoza en El Mundo Pintoresco, pese a reconocer la grandeza del pintor se unía a los que, como Murguía, pensaban que Haes se encontraba inmerso en un camino con pocas salidas novedosas, y que pretendía engalanar algo que el hombre no podía conseguir, la naturaleza. “Nosotros pensamos que es preferible ser verdadero y riguroso imitador de la naturaleza, a tratar de embellecerla y arreglarla agrupando y componiendo, como parece observarse en algunos países de este autor.”(14) La Época dedicaba el 30 de octubre de 1860 un extenso texto a la participación y triunfo de Carlos de Haes en la Nacional de ese mismo año. El anónimo autor, entusiasmado, explicaba en el primer párrafo quién era y cómo había llegado a ser Carlos de Haes, anunciándonos su éxito en la oposición a la Cátedra de Paisaje de la Academia de San Fernando, además de reconocerle como el verdadero precursor de dicho género en España. Continuaba su recensión sobre el artista, describiendo su intervención en la Exposición celebrada en aquel momento, para concluir explicando al público las cuatro obras presentadas por el pintor. “[…] los paisajes del Sr. Haes tienen el privilegio de atraer como el imán; a ellos se dirigen todas las miradas, y aunque colocados en distintos puntos y a cierta distancia unos de otros, se establece enseguida una corriente eléctrica que todo lo junta, todo lo relaciona, lo armoniza todo; se ve, se siente y se admira a un tiempo; aquel sol que abrasa, aquella sombra de elevados y corpulentos árboles que consuela, y el ánimo se deleita y se recrea al contemplar la lluvia que viene de lejos, y de la cual casi se prepara el espectador a defenderse viendo que la nube se viene encima.”(15) En otros periódicos, como fue el caso de La Discusión, se enfatizaba el hecho de que los cuadros pintados por el belga representasen fidedignamente la naturaleza, “[…] Del Sr. Haes, cuyos cuadros se distinguen por su verdad y belleza real. Ya hemos dicho en otra ocasión que el arte es libre para elegir esta o aquella dirección en el orden real o ideal. Por consiguiente, el artista está en su derecho.”(16) Mientras, El Constitucional tan sólo dedicaba unas breves palabras a la participación del artista en la consiguiente convocatoria de Bellas Artes, acentuando, sobre todo, la calidad técnica de los cuadros, aunque sin demasiados elogios: “El nombre del autor nos lleva a buscar los países de don Carlos de Haes. […] El efecto es agradable, la manera es curiosa, el color está puesto de un modo particular, restregadas las pinceladas como si se hubiese empleado una esponjita.”(17) Desde El Museo Universal un escritor anónimo confirmaba los ataques que desde otras publicaciones se hacían a Carlos de Haes evidenciando su excesivo amaneramiento y su escasa variedad en los asuntos representados, “[…] paisajes en dónde se ven grandes dotes echadas a perder, por el amaneramiento con que pinta este artista, amaneramiento que le hace decaer en su reputación, en concepto de las personas inteligentes. Cuida más el señor Haes de los efectos que de la verdad, y sus paisajes se parecen todos, como dos gotas de aguas, aunque representen países completamente diferentes, y he aquí por qué muchos le encuentran frío, monótono, amanerado, en fin, que este es en verdad su gran pecado, indigno de perdón en artistas que poseen las dotes que el señor Haes. […] Pero en donde este artista nos da a conocer sus buenas dotes, es en los celajes, que son por lo regular inimitables, y en donde estriba principalmente el efecto que producen sus paisajes a primera vista. Ellos le prestan su encanto y le ayudan a seducir, y ellos proclaman artista al señor Haes, pues cielos hay como el que se ve en el cuadro 119 que representa una marina, que puede compararse con los de Claudio de Lorena, con lo cual hemos dicho cuanto podemos en elogio de este artista.”(18) Partiendo de este último artículo se pueden comprobar las dispares opiniones que acerca de las creaciones presentadas por Carlos de Haes a la Exposición de 1860, tenían los expertos de la época. En la siguiente Exposición Nacional, 1862, Carlos de Haes consiguió la que a la postre fue su última medalla de primera clase puesto que, en posteriores concursos no pudo recibir más este galardón debido a que las reglas lo impedían. Sin embargo, la crítica continuó sumida en la controversia de si sus cuadros se parecían unos a otros o no, o si sus paisajes eran realistas o rozaban una amanerada reiteración. Tan sólo Juan García, cronista de La Época, parecía distanciarse de este tipo de polémica: “Un paisajista domina la exposición, con superioridad que va haciéndose tradicional. No entraremos en la cuestión mezquina de si la manera de pintar del Sr. Haes es mejor o peor, y de si ofrece más o menos probabilidades de duración a sus cuadros; probablemente los que tanto examinan serán polvo cuando todavía se extasíen los amantes de lo bello delante de las obras condenadas por ellos a muerte prematura.”(19) El anónimo autor de El Diario Español Político y Literario, abundaba en la idea de que lo único achacable a Carlos de Haes y sus discípulos era el parecido de sus lienzos entre sí, ya que el artista belga era, sin duda, el maestro del género. “D. Carlos de Haes, Académico de la Real de San Fernando, profesor de la escuela de pintura y laureado con medallas de primera clase en varias exposiciones españolas, es, sin disputa alguna, el primero de nuestros paisajistas. Sus lienzos son admirados de propios y extraños, buscados con afán y por todo el mundo aplaudidos, gracias al particular encanto de su colorido y a la brillante corrección de su dibujo […] Obsérvense los cuadros del maestro, compárense con los de otras exposiciones, búsquense en unos y otros las analogías, y se verá que todas las partes de todos los lienzos tienen carácter y manera análogos.”(20) Las palabras del comentarista del Museo Universal, continuaban en la misma línea que las del anterior escritor. Tras exponer las bondades y bellezas del género paisajístico explicaba que, a Carlos de Haes, le pesaba mucho el ser representado por sus cuadros y por los de sus discípulos que, en palabras del propio redactor, más que seguirle, le copiaban: “El pintor a quién hemos aludido es rico y vario en cuanto puede; cada obra suya es un buen modelo; pero hallándose reflejado en sus cuadros y en los ajenos, cae fácilmente en reproducirse de continuo, no por lo que pinta ni lo que copia, sino por un tinte particular de que lo reviste todo.”(21) Además de los artículos publicados en periódicos y revistas relacionadas con el mundo del arte, se han recogido, para esta investigación, tres interesantes noticias procedentes de libros que versan sobre el panorama artístico del siglo XIX aderezado con las opiniones de sus autores, constituyéndose así como fuentes primordiales para el estudio de las artes en la España decimonónica. El primero de estos compendios es el que escribió Tubino en 1871, en el que tras exponer sus propios pensamientos sobre la pintura y demás destrezas artísticas en general, realizaba éste una serie de juicios acerca de las obras presentadas a la Exposición General de Bellas Artes de 1871. Muy pertinentemente Tubino tituló al espacio dedicado a Carlos de Haes, en su índice, “La ausencia de Haes”, dado que el belga no participó en la citada exhibición. No obstante, el autor no se olvidó del gran maestro del paisaje al tratar a los artistas cultivadores de este género que participaron en la Nacional. El ensayista se lamentaba de que el pintor no hubiese estado presente en el concurso de ese año, así como de su estancamiento en el éxito de años pasados. “[…] dormita este maestro a la sombra de pasados laureles, y parece indiferente a la gloria y al aplauso. Pierden, y no poco, las exposiciones con este retraimiento […].”(22) Por el contrario, Rouget, cinco años después, hablaba a favor de Haes al referirse a su deserción temporal de este concurso: “Por de pronto, vemos con mucho gusto que don Carlos de Haes, abandonando el retraimiento en que se había encerrado, ha expuesto dos paisajes y una marina: si su conducta hubiera sido imitada por otros artistas de su talla en otros géneros, no tendríamos que lamentarnos del desastroso efecto que produce la actual Exposición en el ánimo de todos los que la visitan.”(23) La otra fuente referida es la obra perteneciente al andaluz Manuel Ossorio y Bernard, quién elaboró un extenso tratado sobre los artistas españoles del siglo XIX. Según el autor, en las Exposiciones Nacionales celebradas en los años 1856, 1858, 1860 y 1862 Carlos de Haes logró un mérito tan grande que las medallas de primera clase que obtuvo y las alabanzas de la crítica parecieron escasas. Además Ossorio se hizo eco en su libro de diversas reseñas críticas que completó con la participación del belga en variadas exposiciones, en las cuales, éste fue objeto de consideración por parte del público que aplaudió sus creaciones. Además de las citadas, existieron otras muchas críticas y artículos de opinión acerca del paisajista Carlos de Haes. Sin embargo, para este estudio, sólo se han tratado aquéllas que han versado sobre la participación y posterior triunfo del pintor en las cuatro primeras Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, proporcionándonos una idea general del impacto que causó la labor artística de este creador en los asistentes a este evento. VALORACIÓN DE LA PINTURA DE PAISAJE EN LAS EXPOSICIONES NACIONALES.La pintura, en el ámbito de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, captó la atención de los espectadores que acudían a estas muestras pues, lo que en ella se reproducía, era fácilmente comprensible por todos, llegando a desbancar al resto de las artes; la escultura, el grabado y la arquitectura. Sin embargo, dentro de la pintura existían fuertes disputas entre académicos, artistas, críticos e, incluso, el público por dictaminar qué asunto era el más digno de ser representado, lugar que correspondía a la pintura de historia encaminada a ensalzar el sentimiento patriótico y las glorias nacionales. Se iniciaba un fuerte debate sobre la jerarquía de los géneros pictóricos, infravalorando la dimensión artística de la pintura de paisaje ya que su función social era nula, a lo que hubo que sumar su carácter intrascendente contribuyendo a su desigualdad con respecto a los otros géneros. Carlos de Haes fue consciente de la casi inexistente tradición de la pintura de paisaje en nuestro país y de la problemática que este tema acarreaba dentro de las Nacionales puesto que, el paisaje, no se consideraba merecedor de ningún tipo de galardón o medalla. Con el belga, comenzó el desarrollo de este género pero, poco antes, había existido una figura precursora en este campo, Genaro Pérez Villaamil, titular de la primera cátedra de Paisaje de la Academia Nacional de Bellas Artes de San Fernando, creada a principios de 1844. Mediante la implantación de las enseñanzas del ilustre gallego, el paisaje se alzó como “género” y “tema”, propugnando su prestigio individual y dejando de ser un mero “accesorio pictórico”. Por tanto, Villaamil fue el iniciador del paisajismo romántico en España, que le valió la consideración internacional de su arte junto con la consecución de la dirección de la Academia. La llegada de Carlos de Haes a España, sentadas ya las bases de una pintura paisajística española durante el período romántico, su consecución de la cátedra de Paisaje en la Academia y su reconocimiento en las Exposiciones Nacionales, afianzó la práctica de esta temática y su alzamiento como género. La principal novedad que introdujo el artífice belga con respecto al paisaje, fue su personal concepción del mismo anclada en el fiel reflejo de la realidad natural captada con sinceridad y respeto fidedigno, lo que supuso un abandono de la recreación fantástica o invención personal que desembocase en cauces románticos. El artista inició una fecunda renovación del género hacia vertientes realistas para lo cual, se valió de una nueva práctica que significaba una interpretación moderna de sus paisajes: la pintura al aire libre. Haes decidió enfrentarse directamente a la naturaleza por ello, tuvo que realizar numerosas excursiones por distintos lugares de la geografía española, captando el escenario natural a través de estudios y someros bocetos en sesiones que nunca se prolongaban más de dos o tres horas, pues era en su estudio dónde remataba su obra sin introducir ningún tipo de modificación inventada. El magisterio de Villaamil de poco había servido a Carlos de Haes para ejecutar sus paisajes puros y naturalistas, pero el pintor extranjero sí se nutrió de las aportaciones de Humboldt y del desarrollo que la ciencia de la Geografía alcanzó en la época. Con el belga se inició toda una larga tradición de paisajistas que le imitaron con respecto a su concepción pictórica; Haes, fue el verdadero promotor del paisajismo madrileño y el estandarte de renovación del género en nuestro país, de hecho, en 1860 presentó un informe a la Dirección de la Escuela Superior de Madrid dónde rebelaba su inquietud por transformar y elevar el nivel de la pintura de paisaje en España y, concretamente, en este ente. A pesar de todo ello, hay que considerar que uno de los logros de Carlos de Haes fue su tarea de institucionalizar este género artístico. Las obras de este artista supusieron una etapa de transición entre el Romanticismo anterior y el paisaje realista que habría de darse en el último tercio de siglo; si bien la tendencia pictórica del belga fue hacia una pintura naturalista, existía cierto idealismo, un atisbo de amaneramiento, como bien acertaban a señalar algunos críticos, en sus paisajes, que hacían de su obra un suave tránsito hacia el paisaje posterior. De igual modo, Haes nunca expresó en sus obras un sentimiento nacional que se demandaba con asiduidad en la pintura de la segunda mitad del siglo XIX, sino que había cierto desapego en sus paisajes tan realistas y naturales en ocasiones, como bucólicos y emocionados en otras. Por tanto, el florecimiento del paisaje en España venía directamente de Bélgica, y su transmisor fue Carlos de Haes. En el país belga, había por aquel entonces multitud de paisajistas, algunos de ellos, de gran talento. Además, el país flamenco contaba con una larga tradición de pintores sensibles al paisaje, a diferencia de España. Sin embargo, fue en Francia el lugar donde existió una mayor actividad e interés por dicho género. Con todo, Haes triunfó desde un primer momento en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, símbolo intencionado y legitimado del panorama artístico español de aquellos años. Tras una medalla de tercera clase en el primer certamen, logró tres de primera de forma consecutiva, elevando el género a cotas antes nunca vistas. No obstante, con la excepción hecha de Carlos de Haes, no se verían más medallas de primera clase para un paisaje hasta la última década del siglo, en la que, como un anticipo de lo que vendría después, se comenzaban a valorar muy positivamente las composiciones de este género: Jaime Morera, discípulo del pintor belga, en 1892 obtuvo el primer premio en la edición internacional por su marina Costa de Normandía; después le siguieron Modesto Urgell en 1895, Gonzalo Bilbao en 1899 con su obra Mar de Levante y, finalmente, ya en 1901, el jurado creó la categoría de “consideración de primera medalla”, para premiar a un gran número de paisajistas: Morera, Juan Espina, Nicolás Raurich y Juan Martínez Abades. Además de la valoración sobre el género que nos han legado los jurados académicos de las Exposiciones Nacionales, también se ha de contar con el punto de vista de las opiniones críticas, que si bien, y como ya se ha visto, lanzaron sentencias laudatorias a los trabajos de Haes, también expusieron razonamientos que evidenciaban su tedioso amaneramiento academicista con respecto a su modo de pintar. A su vez, algunas voces críticas justificaron la falta de paisajistas nacionales ante el escaso valor del que se dotaba a este asunto. Pero de lo que no cabe duda es que la aparición del fenómeno expositivo oficial conjugado con el liberalismo político y el auge de la burguesía propiciaron una mayor importancia a la pintura de paisaje que se hizo más patente y efectiva a medida que fue avanzando el siglo XIX, hecho que se deduce de una mayor presencia de obras de este género en los certámenes nacionales. CONCLUSIONES De muy diversa índole son los temas tratados aquí sobre la importancia de la obra del pintor Carlos de Haes. Una primera mirada a algunos de los cuadros que realizó para las primeras Nacionales, y que tanto éxito tuvieron, podría inducir a pensar que contemplamos un cuadro de un romanticismo exuberante, entendiendo por romanticismo la expresión subjetiva de sentimientos y emociones a través de un lenguaje, en este caso, plástico. Pero un análisis más profundo nos conduciría, irremediablemente, hacia la concepción de sus cuadros como paisajes mucho más naturalistas, dónde, si bien es cierto que el realismo no se ha impuesto, también lo es que el idealismo neoclásico y la emoción romántica, apenas hacen acto de presencia. Por otro lado, la pintura en general y el paisaje en particular, a partir de mediados de siglo, fueron acercándose cada vez más a posturas nacionalistas donde poder resaltar la grandeza de la historia de España, la belleza de sus parajes o la importancia de determinadas acciones o lugares. Pero Carlos de Haes se abstuvo de caer en este tipo de convencionalismos, y se dejó llevar por sus propios instintos de pintor, quizá por no ser español o tal vez por buscar cierto grado de pureza en la pintura, sin ninguna contaminación política. El resultado de todo ello fue lo que en su día se llamó “eclecticismo”. El belga significó la transición, o modernización, según la perspectiva con que se mire, del paisaje en nuestro país, e institucionalizó el género, pero no supuso una revolución, no rompió definitivamente con el pasado ni se insertó plenamente en los movimientos modernos que se comenzaban a dar en su país de origen y en Francia. Hoy en día se ve a Carlos de Haes como uno de los grandes paisajistas del siglo XIX de nuestro país, junto con Villaamil y Beruete, y a este siglo como el del nacimiento del género. Una observación directa de lo que se pensaba cuándo este pintor ejercía, nos conduce a certificar que Haes fue uno de los maestros en lo que al paisaje se refiere pues, como ya se ha visto, así lo afirmaron todos los críticos contemporáneos, y sin embargo recibió diversas críticas desde distintos sectores, casi todas ellas encaminadas a dos cauces: ese eclecticismo ya mencionado, y el no querer continuar el camino iniciado, el estancarse en sus primero progresos. No obstante, todos los que realizaban estas diatribas en contra del artista belga, no podían por menos que reconocer su habilidad como pintor y su maestría en el género, lamentándose quizá por eso mismo, pues consideraban que con su técnica y destreza era toda una pena que no diese más de sí. Más allá de lo que pensaron los críticos en su época, los cuáles no fueron capaces de ponerse de acuerdo, a la luz está que tanto la Academia como el jurado de las Exposiciones Nacionales, apreciaron desde un primer momento la calidad de Carlos de Haes. Prueba de ello es que, a la temprana edad de treinta y cuatro años, ya ocupaba la Cátedra de Paisaje en la Academia de San Fernando, y prueba de ello también, fueron los continuos triunfos del pintor en los certámenes nacionales, en un momento en el que ningún otro paisajista conseguía ese tipo de galardones. Carlos de Haes fue un pintor maestro en su género, que actualmente es recordado como uno de los mejores paisajistas de nuestra historia, aunque siempre conviene recordar que, a pesar de conquistar la mayor parte de los objetivos que se propuso, el camino no fue tan sencillo, y recibió continuas críticas así como alabanzas y adulamientos. En definitiva, el belga se ganó su reputación y fama, que le han durado más de un siglo y medio, a través de una pintura suave y delicada capaz de conquistar las miradas tanto de partidarios de la emoción y el idealismo, como de partidarios del naturalismo y la verdad, llevando a cabo una bella pintura de transición, en cuyo eclecticismo plasmó muchos de los mejores paisajes españoles de todo el siglo XIX. BIBLIOGRAFÍA. AA. VV. Exposiciones Nacionales del siglo XIX: premios de pintura. Madrid, Centro Cultural Conde Duque, 1988. AA. VV. Paisajistas españoles decimonónicos. Jenaro Pérez Villaamil, Carlos de Haes, Aureliano de Beruete. Madrid, Centro Cultural del Conde Duque, 1990. AA. VV. Carlos de Haes (1826-1898). Santander, Fundación Marcelino Botín, 2002. ALARCÓN, Pedro Antonio de. “Exposición General de Bellas Artes” en La Discusión. Año I, número 76, Madrid, 1 de junio de 1856. Anónimo. “Exposición de Bellas Artes. Artículo VII” en El Diario Español Político y Literario. 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Número 1499, Madrid, 10 de noviembre de 1860, p. 3. 17.ARISTIPO. “Exposición de Bellas Artes (Primera visita)” en El Constitucional. Número 76, Madrid, 11 de octubre de 1860, p. 3. 18. Artículo sin firmar. “Exposición de Bellas Artes (1) VIII” en El Museo Universal. Número 50, Madrid, 9 de diciembre de 1860, p. 394. 19. GARCÍA, Juan. “La Exposición de Bellas Artes” en La Época. Número 4528, Madrid, 20 de noviembre de 1862, p. 3. 20. Anónimo. “Exposición de Bellas Artes. Artículo VII” en El Diario Español Político y Literario. Número 3199, Madrid, 1 de noviembre de 1862, p. 12. 21. FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ, J. “Cuatro palabras sobre la Exposición de Bellas Artes (continuación)” en El Museo Universal. Número 51, Madrid, 21 de diciembre de 1862, p. 402. 22. TUBINO, E. M. El arte y los artistas contemporáneos en la Península. Madrid, Librería de A. Durán, 1871, p. 229. 23.ROUGET Y LOSCOS, E. Op. Cit. 1876?, p. 39. |
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